marzo 8, 2016 Laura Donada

Estuve con Manuela en la manifestación del 8 de marzo

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Ayer, camino de la escuela de Manuela para ir a recogerla e ir juntas a la manifestación por el día de la mujer, me senté detrás de dos personas que charlaban tranquilamente. Cuál fue mi sorpresa cuando me di cuenta de que llevaba más de medio viaje intentando adivinar si una de ellas era chica o era chico, buscando como una sabuesa de poca monta ese gesto o ese detalle que me diera la pista definitiva. ¿Alguien me puede explicar para qué?

¿Para qué?¿Por qué necesitaba hacer ese ejercicio mental de clasificación para estar más tranquila? ¿Qué es lo que nos lleva a tener que colocar a una persona en un bando o en otro, obligarla a que se defina, buscarle una etiqueta que rápidamente la coloque en la estantería adecuada?

Reconozco que hasta hace poco, creía que esto de la monserga de que la sociedad nos hace machistas y que bla, bla, bla… era un mantra cansino de las feministas con pelos en los sobacos, matojo bien poblado y melena disonante cortada en una franquicia peluquera de Desigual.  Vale, sí, lo reconozco, no pasa nada, sepan perdonármelo ustedes.

Veía una chorrada esto de hablar en femenino y venga con el ella y ellos, con el chico y chica, con el padres y madres, vosotros y vosotras… que me tenían frita con semejante arte de birlibirloque lingüístico (que por cierto me dice la RAE que no existe tal expresión), que una ya no sabe si la invitan a la fiesta o no quieren que vaya si solo añaden el masculino. Y no te digo para escribir un post…

Pero luego vino la maternidad, y una vez más, lo descolocó todo. Porque mi hija Manuela me ha enseñado muchas cosas, y entre ellas, está la de aceptar a los demás sin hacerse preguntas, porque a las personas que una quiere, no se las cuestiona. Se las quiere y punto, tal y como son. No hay moldes, no hay comparación entre lo que son y lo que deberían ser. Si desconozco la pauta, asumo la pluralidad como la cosa más común de las cosas, ¿no? Y yo estaba tan contenta pensando que había parido una moderna y que me merecía la medalla de la madre del año por mi desempeño magistral en lo pertinente a la educación de género.

Pues toma, geroma. Porque mi pequeña serafín (o serafina) se me hace grande y viene diciendo una cantidad de chorradas del mundo exterior que no os podéis imaginar. ¿O son conclusiones que se forma en el interior del hogar? A ver si voy a tener que devolver la medalla… En fin, que vengan de donde vengan, a mi se me hunde el moño italiano construido a base de horas de cardado, haciendo chof en su caída. Vaya tela…

Que las chicas no podemos montar en moto, que este pantalón es de chicos, que los chicos no vienen a la fiesta, que las chicas son chicos si no les gustan la faldas… y vale, asumiendo que hay una parte de búsqueda de la identidad o algo así, ¿de verdad es necesario? Y es más, el hecho de que su hermano vaya siempre con un kiki en la cabeza, vestido de rosa en la intimidad (es lo que tiene heredar de una hermana) y con un bebé a cuestas todo el rato transportado en su carrito, ¿le está generando un cortocircuito ultrasónico que luego tendrá que tratarse en psicoterapeutas Gestalt?

Y en estas visicitudes propias andaba yo cuando decidí que este año mi presencia en la mani no iba a ser por la lucha de los derechos de las mujeres, por el cese de la violencia de género, por la abolición del machismo, por la igualdad laboral, por la baja maternal… todas esas cosas las doy por supuestas y las apoyo al 100%, claro, pero este año mi intención (oculta y personal que nadie notó, evidentemente, y no lo entiendo porque en mi actitud estaba clarísimo), era reivindicar las diferencias. No entre hombres y mujeres, sino entre iguales.

Mujeres de pelo corto, de pelo largo, fumadoras, altas, bajas, maternales, cariñosas, cactus, bordes, amables, sonrientes o enfurecidas, con calzoncillos, con bragas, con pelos y sin pelos, de las de odiar, de las de amar, de las que se rascan el chichi en público, las que se ríen tapándose la boca, las que saben poner bombillas o ni se plantean clavar un clavo, las mustias o las echás palante, las que han nacido en un cuerpo de hombre, las que reconocen el suyo… y un largo etcétera. Por la abolición de los patrones con los que comparar. Porque cada uno y cada una haga, de verdad, lo que le de la santa gana de una puñetera vez sin que eso la excluya o la saque de uno u otro bando de una patada. Y que nos dejemos de etiquetas que hacen tanto daño a las que por su particularidad, como una joya emergiendo entre la maleza, no encajan en ninguno de los dos equipos estereotipados. ¿Y si los juntamos todos y hacemos una fiesta?

 

 

Comments (2)

  1. Amén a todo lo que dices! Yo tiemblo pensando en lo que mi hija pueda aprender por ahí, por más que nos esforzamos su padre, yo y Peppa Pig en enseñarle que las chicas pueden hacer lo que les dé la gana igual que un chico. Y rezo, al modo agnóstico, para que nadie se empeñe en enseñarle cómo tiene que ser una chica, como si efectivamente fuéramos o tuviéramos que ser todas iguales.

    Y no viene a cuento, pero es que he estado muy desconectada de blogs y redes sociales y no había visto vuestra nueva y flamante web hasta ahora! Es preciosa y os doy la enhorabuena por el trabajo, seguro que ha sido un dolor, lo sé de primera mano, pero ha merecido mucho la pena. Ahora a comerse el mundo.

    Un abrazo
    Nieves

    • Laura Donada

      Sí, lo de la educación de género es un tema que no se sabe muy bien tratar a veces como madre. Yo intento no caer en lo contrario, en el absurdo de ir defendiendo todo el rato lo opuesto a lo establecido, pero sí que me gusta normalizar y plantearle preguntas a sus “las chicas no hacen” o “esta camiseta es de chico…” para ver qué piensa ella y que se plantee ciertas cosas. Pero al final, te da la sensación de que terminas adoctrinando un poco… ¡Qué difícil!

      ¡Y muchas gracias por lo de la web!

      Un abrazo enorme y un gusto charlar contigo de nuevo.

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