diciembre 14, 2015 picapino

Una actividad y una especie de manifiesto

He de confesaros que soy hija de arquitecto. Desde pequeña he vivido rodeada de planos y revistas infumables (con perdón) de casas modernas que, en su mayoría nunca me haría porque no ganaría para batamantas (porque todas me parecen frías), pero que parece ser, son la revolución del mundo del ladrillo (si es que lo llevan). Curvas, tangentes, hormigón, bloques de viviendas, normativas, Rotring y papel cebolla (en su día), autocad y conversaciones profundas sobre la perspectiva y la luz. Menos mal que aborté a tiempo la operación y cogí un atajo hacia la abundancia profesional estudiando biología, una carrera de éxito como todo el mundo sabe, que me sirvió para ser carpintera consorte tirando todo por la borda.

Así que creía que lo había visto todo y creía haber entendido que, pese a que siempre llevaré la arquitectura en mi corazón, este era un oficio para gente mayor y de esa muy lista que sabe decirte sin titubear si la cómoda del catálogo te cabe en ese espacio entre la cama y la pared, ¡muchas veces sin metro! Gente de esa, ya sabéis a qué me refiero, que ven un recortable y se imaginan cómo va a quedar montado. O que cuando vuelves de un viaje, si ellos han estado en posesión de la cámara, luego tienes que estar borrando series enteras de azoteas y fachadas en las que no sale nadie sin que se enteren. Un eslabón perdido entre la brujería y la clarividencia.

¿Qué hacía yo entonces apuntando a mi hija, sangre de mi sangre, a un taller de arquitectura un sábado por la mañana cuando la muchacha, lista es, pero no mayor ni revieja?

Pues porque con Chiquitectos, una aprende que la arquitectura es juego. Almudena y su equipo están empeñados en convencernos de que no solo es cuestión de hacer casas y calcular estructuras, sino también de transformar espacios, de ver cómo la luz modifica una estancia, de construir para que no se caiga, de reflexionar sobre el entorno que queremos y de diseñar ciudades donde podamos convivir todos. Como ejemplo y entre otras muchas cosas. Y eso no tiene que ver con la edad ni el coeficiente intelectual, sino con la diversión y con el descubrimiento. Y los canijos saben de eso un rato.

El caso es que no sé a qué de dedicaron toda la mañana pero Manuela salió contenta y con una caja que habían construido entre tres amigas en el taller, que según nos contaron era una ventana por donde se metía una luz y luego ¿ves? sale por aquí y esto es una puerta para que entren las personas y los perros. Y luego hubo que hacer un ejercicio cum laude porque las tres querían llevarse tan insigne obra a casa y ya no eran amigas ni nada, solo rivales en el ring de asalto dispuestas a darlo todo y lloro porque me va la vida en esto y nunca jamás te voy a hablar ni a invitarte a mi casa. Hasta que voló una mosca cerca y se les pasó.

Eso quiere decir que se lo pasaron bien y yo intuyo que en estos talleres, abren la mente antes de que corramos el riesgo de que se les cierre del todo, así, sin que se den cuenta y riéndose en el camino. Y yo no entiendo porqué no les vale el argumento de que yo también soy una niña encerrada en un gran cuerpo de señora de 40 para dejarme estar en sus talleres. ¿No os parece que ahí dentro deben cocerse cosas fascinantes? ¡Deja que tus hijos lo disfruten! Espacios para encontrarse, Exploradores del espacio y Ciudad comestible son alguna de sus próximas propuestas. ¿A cuál no quieres apuntarles?

Eso sí, alhaja, si te apuntas a cualquier taller, por favor, ¡ten la responsabilidad de ir!

Y esto no va solo por el caso de Chiquitectos, sino por todas las actividades del mundo mundial. Todos tenemos contratiempos, eventualidades, situaciones inesperadas y es normal que en una actividad siempre haya alguna que otra baja. Pero pensemos todos que detrás de un taller, o una charla, un cuentacuentos, un concierto o lo que sea, hay muchísima gente currándoselo un montón, poniendo ilusión en lo que hace, planificando los tiempos, los materiales, los ritmos, los grupos… con todo el amor de su corazón y la pasta de su bolsillo. Y que cuando no aparecemos y el taller de 25, con 55 apuntados en lista de espera, acaba celebrándose con 18 niños/as (datos reales), el trabajo se hace injusto y difícil. Además de que muchos niños y niñas se han quedado fuera queriendo participar.

Pensemos, planifiquemos, cuadremos agendas para que esto no pase. Y si no vas a acudir, intenta llamar cuanto antes para ver si tu vacante puede ser ocupada por alguien. Y así, entre todos y todas, mantenemos despierta la profesionalidad, la ilusión, las iniciativas, las empresas, el conocimiento y no sé cuántas cosas más. ¿No os parece?

Fotos: Chiquitectos

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